Si juegas al ajedrez, sabrás que el peón es esa pieza sufrida que avanza despacio, no puede retroceder y suele ser la primera en caer para que el Rey o la Reina ganen posición.
En la política española, la analogía no es que sea buena; es que parece que el reglamento del ajedrez lo redactaron entre todos los partidos en una comisión parlamentaria.
Aquí abajo, los ciudadanos de a pie no votamos soluciones; financiamos las jugadas de apertura de unos estrategas que ven el mapa del país como un tablero .
En el ajedrez clásico, sacrificar un peón es una maniobra maestra. En España, es el pan de cada día, y el tablero de la vivienda es el mejor ejemplo.
Mientras el precio del metro cuadrado roza máximos históricos y el alquiler devora los recursos del trabajador medio, las soluciones que llegan desde arriba parecen sacadas de un manual de magia potagia.
Por un lado, tenemos al Gobierno y sus socios, maestros de la burocracia defensiva. Te prometen leyes de vivienda históricas y "bonos jóvenes" que se agotan en la web del ministerio a los tres minutos de abrirse, dejándote la misma cara de tonto que cuando te hacen el Jaque Pastor en cuatro movimientos.
Son expertos en emitir titulares grandilocuentes que, a la hora de la verdad, se diluyen en el BOE dejando al inquilino exactamente igual de desprotegido, pero con más burocracia que rellenar.
El peón español avanza una casilla, siempre de frente, pagando sus impuestos y destinando la mitad de su sueldo a un piso. Mientras tanto, las piezas altas del Ejecutivo se mueven en diagonal, saltan horizontalmente sobre los problemas reales y caen siempre de pie en sus escaños.
Pero no seamos injustos, porque en la otra mitad del tablero, la oposición no se queda atrás. Su estrategia ante el drama del alquiler es de una lucidez pasmosa: esperar cruzados de brazos a que el peón se ahogue del todo para luego poder gritar "¡Os lo dije!" desde el atril del Congreso.
Cuando el ciudadano protesta porque no llega a fin de mes, la bancada de la oposición activa su jugada estrella: ofrecer recetas teóricas basadas en la física cuántica inmobiliaria.Su propuesta estrella consiste en que la solución es liberalizar más suelo. Mágicamente un piso de 30 metros en el centro de Madrid o Barcelona bajará a doscientos euros al mes por arte de magia.
Para los estrategas de la oposición, la crisis de la vivienda no es una urgencia social; es un viento a favor en las encuestas. Observan cómo se asfixia el ciudadano con la misma emoción con la que un jugador de ajedrez ve que al rival se le está agotando el tiempo en el reloj.
Su mayor pesadilla no es que tú no puedas pagar el alquiler; su verdadera pesadilla es que el Gobierno acierte de rebote con una medida y les rompa la narrativa electoral.
Sin embargo, la ironía del juego político en España es que tanto el bloque morado-rojo como el bloque azul-azulón olvidan la regla más peligrosa del ajedrez: la estructura.
Un rey sin peones no es nadie; solo un trozo de madera pintada esperando el Jaque Mate. Y el peón español tiene una cualidad que no tiene el boj: la capacidad de saturarse y aplicar la resistencia colecttiva.
La respuesta ante los abusos ya no es aplaudir los discursos del Gobierno ni tuitear las quejas de la oposición; es hacer un jaque colectivo al sistema inmobiliario por cuenta propia.
La gran pesadilla de la clase política de este país no es la bancada de enfrente. Su verdadero terror es la promoción del peón.
Esa regla bendita que dice que , si un peón resiste el fuego cruzado, esquiva los discursos partidistas y llega con paciencia al final del tablero, puede convertirse en la pieza más poderosa.
Nos quieren peones aislados, divididos entre las casillas blancas y las negras, discutiendo en redes sociales sobre si la culpa de todo la tiene la izquierda o la derecha.
Pero en el momento en que los peones de la casilla blanca y la casilla negra se den la mano y se den cuenta de que el suelo que pisan está igual de caro gobierne quien gobierne, el tablero entero se dara la vuelta.
Así que la próxima vez que te sientas una pieza insignificante frente al mercado o los presupuestos del Estado, recuerda: los reyes solo reinan mientras el tablero aguante su peso.
Y los que sujetamos la mesa somos nosotros
Quizá la pregunta que nos queda por hacernos no es quién mueve los hilos o qué partido diseña la próxima estrategia desde su despacho.
Si aceptamos movernos en línea recta por el carril que nos han dibujado, o si empezamos a mirar a nuestro alrededor para entender que la realidad de los barrios no entiende de colores políticos, sino de vidas compartidas.
Al fin y a la cabo, el ajedrez es solo un juego con reglas fijas sobre un cartón rígido; la sociedad, afortunadamente, la escriben las personas cada vez que deciden pararse a pensar por sí mismos.
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