jueves, 7 de mayo de 2026

ZONAS GRISES

 


El juicio del llamado caso "mascarillas" ha llegado a su fin , en espera de la sentencia del Tribunal Supremo.
Y me provoca algunas reflexiones.
Haciendo un seguimiento del mismo e independientemente de la figura del ex Ministro de Transportes Jose Luis Abalos como presunto "padrino" y beneficiario lucrativo de la trama junto con el resto de implicados, me llama poderosamente la atención la figura de Koldo Garcia.
Independientemente de lo publicado sobre su perfil, pasado profesional , militancia o formación.
Puede que sea algo bastante más incómodo: cultural.
Porque cuando aparecen personajes así, la tentación inmediata consiste en convertirlos en monstruos excepcionales, como si hubieran surgido de un agujero aislado del sistema. 
Y probablemente ese sea el error más tranquilizador para todos.
Pensar que el problema es el de “un individuo”.
Pero quizá Koldo no sea solo una anomalía.
Quizá sea también un síntoma.
El símbolo de una forma de funcionar demasiado instalada en España desde hace décadas.
La mezcla difusa entre confianza personal, poder político, acceso informal y ausencia de controles reales.
No hace falta imaginar conspiraciones cinematográficas.
La corrupción moderna rara vez funciona así.
Casi nunca empieza con sobres encima de una mesa.
Empieza con algo mucho más cotidiano:
“Es de confianza”.
“Ayúdalo”.
“Tiene acceso”.
“Habla con él”.
“Ya sabe cómo funciona esto”.
Y poco a poco aparece una figura peligrosísima para cualquier democracia.
La persona sin poder formal, pero con un enorme poder real.
Ese espacio ambiguo entre despacho, partido, ministerio, empresarios y favores es precisamente donde los sistemas institucionales más sólidos intentan poner límites muy claros.
Porque las democracias modernas no se deterioran normalmente mediante grandes golpes de Estado.
Se desgastan lentamente a través de pequeñas normalidades aceptadas.
El amigo que intermedia.
El asesor que nadie controla.
El empresario con teléfono directo.
La reunión que no consta.
El “ya te llamaré”.
Y cuando eso se normaliza demasiado, los controles llegan tarde.
España no es un país sin democracia, pero si imperfecta.
Ni un sistema comparable a los modelos donde el poder político controla abiertamente jueces y tribunales.
Aunque esa presión política existe y es practicada
Pero sí un país donde,  demasiadas veces, las relaciones personales pesan más de lo que deberían dentro de las estructuras públicas.
Y ahí Koldo se convierte en algo más simbólico que individual.
Porque, aunque finalmente los tribunales determinen responsabilidades concretas, el debate importante ya está abierto.
¿ Cómo puede una persona acumular tanta capacidad de influencia , desembocando en presunta corrupcion, sin controles preventivos eficaces?
La pregunta no debería dirigirse solo a un partido político, sería demasiado cómodo.
Debería dirigirse al funcionamiento completo del sistema: Ministerios, Partidos, Organismos públicos,controles internos, cultura administrativa. 
Porque, quizás, la gran debilidad española no sea únicamente jurídica.
Mas bien parece cultural y arrastrada por nuestro pasado.
Seguimos confundiendo demasiadas veces cercanía con mérito, acceso con capacidad y lealtad personal con profesionalidad institucional.
Y eso termina generando una administración vulnerable a las zonas grises.
Lo más preocupante de un caso así no sería descubrir que existe corrupción.
La corrupción , lamentablemente, existe en todas las democracias.
Lo preocupante es descubrir que muchas de las conductas previas se aceptaban como  normales hasta que investiga la Guardia Civil, la UCO o un juez.
Y una democracia madura debería detectar antes esas anomalías.
Mucho antes de que terminen convertidas en sumarios de miles de páginas.
Porque el verdadero prestigio institucional no se mide solo por castigar culpables.
También se mide por impedir que ciertos mecanismos lleguen siquiera a consolidarse.
Y quizá ahí siga pendiente una reforma mucho más profunda que cualquier sentencia futura.
La degradación institucional no aparece de golpe, sino cuando la sociedad normaliza determinadas prácticas y deja de exigir calidad democrática.
El pensamiento político de Montesquieu ya lo definió.
“Las instituciones son fuertes cuando las personas aceptan límites , incluso cuando podrían saltárselos.”