domingo, 22 de marzo de 2026

ASUMIR




En el día a día, la vida se presenta como una sucesión constante de situaciones: algunas previstas, muchas otras inesperadas. 
Entre responsabilidades, decisiones y pequeños imprevistos, es fácil caer en el automatismo o en la sensación de ir siempre “apagando fuegos”. 
Sin embargo, existe una forma más consciente, más propia, de habitar cada jornada.
Asumir y gestionar, pero hacerlo desde nuestros valores y nuestra personalidad.
Asumir no es resignarse, sino aceptar la realidad tal como es. Es reconocer lo que ocurre sin adornarlo ni negarlo. Implica dejar a un lado la queja como respuesta automática y preguntarse: ¿qué parte de esto depende de mí? 
En ese gesto hay ya un cambio profundo, porque nos devuelve al terreno de la responsabilidad personal.
 Asumir es, en esencia, un acto de madurez: reconocer que no controlamos todo lo que sucede, pero sí la actitud con la que lo enfrentamos.
Gestionar, por su parte, es transformar esa aceptación en acción. 
Es ordenar, priorizar, decidir. 
Es también saber cuándo actuar y cuándo esperar. 
Gestionar no es hacerlo todo perfecto ni tener siempre la respuesta correcta, sino moverse con intención. 
En la gestión consciente hay espacio para el error, para el aprendizaje y para el ajuste continuo. 
Es un proceso vivo, no una fórmula rígida.
Como recordaba Séneca: “No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”
Esta reflexión sigue siendo sorprendentemente actual.
 Muchas veces no es la cantidad de cosas que tenemos que hacer lo que nos desborda, sino la forma en que nos enfrentamos a ellas.
Sin claridad, sin criterio propio, sin conexión con lo que realmente importa.
Y es precisamente ahí donde entran en juego nuestros valores y nuestra personalidad.
 Porque no se trata solo de resolver lo que el día nos trae, sino de hacerlo de una manera coherente con quienes somos. Nuestros valores actúan como una brújula silenciosa
Nos ayudan a decidir qué priorizar, cómo relacionarnos con los demás, qué límites poner y hasta dónde implicarnos. 
Nuestra personalidad, con sus fortalezas y matices, da forma a esa manera única de gestionar la realidad.
Cuando actuamos alineados con nuestros valores, incluso las tareas más cotidianas adquieren otro sentido.
 Una conversación difícil puede convertirse en una oportunidad para practicar la honestidad; una situación de estrés, en un ejercicio de templanza; un error, en una ocasión para crecer. No se trata de idealizar el día a día, sino de vivirlo con mayor coherencia.
Simplificar la vida en “asumir y gestionar” no es reducir su complejidad, sino encontrar un eje claro desde el que moverse. Es una forma de recordarnos, en medio del ruido, que siempre hay dos pasos posibles: aceptar lo que hay y decidir qué hacer con ello. 
Y hacerlo, además, desde un lugar propio, sin imitaciones ni automatismos.
Porque al final, el verdadero equilibrio no está en tener días perfectos, sino en ser capaces de atravesar días imperfectos sin perder el rumbo. 
Y ese rumbo no lo marca lo que ocurre fuera, sino lo que elegimos cultivar dentro. 
Ya lo dijo Epicteto:
" Lo que importa no es lo que ocurre, sino como reaccionas a ello".

jueves, 5 de marzo de 2026

THERIAN





 

En los últimos días, ha aparecido información en medios de comunicación sobre uno de los últimos fenómenos sociales: los therians.
El término, derivado del griego therion (bestia salvaje) designa a aquellas personas que se identifican integral o parcialmente, como un animal no humano en un nivel espiritual, psicológico o neurológico.
No me siento cualificado para analizar dicho fenómeno, que ya esta siendo utilizado por la ultraderecha para criticar e ironizar con el concepto de identidad sexual.
Pero si me provoca una reflexión.
Nos incomoda la exageración, lo visual, el espectáculo y la incomprensión de las causas u orígenes.
Nos extraña la máscara ajena, el gesto simbólico llevado al extremo, la identidad convertida en declaración pública. 
Lo difícil es aceptar que, como ciudadanos, participamos activamente de la misma lógica que criticamos.
En España solemos responsabilizar a los políticos de la polarización, del ruido constante y de la degradación del debate público , según nuestras afinidades o rechazos y evidentemente con una gran parte de razón.
Pero olvidamos que la oferta política no surge en el vacío: responde a una demanda emocional, a un clima social que nosotros mismos alimentamos.
Nos quejamos de la crispación mientras compartimos el tuit más incendiario. 
Criticamos la simplificación del discurso mientras reducimos debates complejos a memes o consignas.
Denunciamos la desinformación, pero solo cuando afecta a nuestra trinchera. 
En el fondo, muchos no buscamos entender al otro; buscamos confirmar que tenemos razón.
El ciudadano contemporáneo se ha convertido también en actor de una performance constante. 
En redes sociales, desde Twitter hasta TikTok, construimos una identidad política que mostramos con orgullo.
No debatimos solo ideas; defendemos una imagen de nosotros mismos.
La ideología se convierte en extensión del ego.
Por eso el desacuerdo duele tanto: no se percibe como una discrepancia racional, sino como un ataque a la identidad.
En ese contexto, la autocrítica es incómoda porque exige renunciar, al menos parcialmente, a la comodidad del grupo.
 Es más fácil culpar al “otro bando” que revisar nuestras propias actitudes. 
Es más sencillo denunciar la manipulación mediática, claramente existente,  que admitir que consumimos información sesgada porque nos resulta reconfortante
Cuando alguien afirma “soy lo que siento ser”, defendiendo esa identidad frente a cualquier cuestionamiento, podemos verlo como algo distante. 
Pero ¿no hacemos algo parecido cuando blindamos nuestras convicciones políticas frente a cualquier dato que las contradiga? 
¿No convertimos también nuestras opiniones en parte innegociable de quienes somos?
La calidad democrática no depende únicamente de las instituciones; depende del comportamiento cotidiano de los ciudadanos.
Quizá la verdadera pregunta no sea qué está ocurriendo en el Congreso o en los partidos, sino qué está ocurriendo en nuestras conversaciones privadas, en nuestros grupos de mensajería, en nuestras interacciones digitales.
¿Escuchamos o esperamos turno para responder? 
¿Leemos para comprender o para refutar?
Implica aceptar que cada vez que elegimos el aplauso fácil en lugar del matiz, contribuimos a estrechar el espacio común.
La autocrítica implica reconocer que la polarización no es un fenómeno externo que nos sucede, sino una dinámica en la que participamos. 
Y me incluyo.
No es fácil encontrar la luz entre tanta oscuridad.
Sin embargo.......
“Es durante la noche cuando resulta hermoso creer en la luz.”
(Edmond Rostand)