En los últimos días, ha aparecido información en medios de comunicación sobre uno de los últimos fenómenos sociales: los therians.
El término, derivado del griego therion (bestia salvaje) designa a aquellas personas que se identifican integral o parcialmente, como un animal no humano en un nivel espiritual, psicológico o neurológico.
No me siento cualificado para analizar dicho fenómeno, que ya esta siendo utilizado por la ultraderecha para criticar e ironizar con el concepto de identidad sexual.
Pero si me provoca una reflexión.
Nos incomoda la exageración, lo visual, el espectáculo y la incomprensión de las causas u orígenes.
Nos extraña la máscara ajena, el gesto simbólico llevado al extremo, la identidad convertida en declaración pública.
Lo difícil es aceptar que, como ciudadanos, participamos activamente de la misma lógica que criticamos.
En España solemos responsabilizar a los políticos de la polarización, del ruido constante y de la degradación del debate público , según nuestras afinidades o rechazos y evidentemente con una gran parte de razón.
Pero olvidamos que la oferta política no surge en el vacío: responde a una demanda emocional, a un clima social que nosotros mismos alimentamos.
Nos quejamos de la crispación mientras compartimos el tuit más incendiario.
Criticamos la simplificación del discurso mientras reducimos debates complejos a memes o consignas.
Denunciamos la desinformación, pero solo cuando afecta a nuestra trinchera.
En el fondo, muchos no buscamos entender al otro; buscamos confirmar que tenemos razón.
El ciudadano contemporáneo se ha convertido también en actor de una performance constante.
En redes sociales, desde Twitter hasta TikTok, construimos una identidad política que mostramos con orgullo.
No debatimos solo ideas; defendemos una imagen de nosotros mismos.
La ideología se convierte en extensión del ego.
Por eso el desacuerdo duele tanto: no se percibe como una discrepancia racional, sino como un ataque a la identidad.
En ese contexto, la autocrítica es incómoda porque exige renunciar, al menos parcialmente, a la comodidad del grupo.
Es más fácil culpar al “otro bando” que revisar nuestras propias actitudes.
Es más sencillo denunciar la manipulación mediática, claramente existente, que admitir que consumimos información sesgada porque nos resulta reconfortante
Cuando alguien afirma “soy lo que siento ser”, defendiendo esa identidad frente a cualquier cuestionamiento, podemos verlo como algo distante.
Pero ¿no hacemos algo parecido cuando blindamos nuestras convicciones políticas frente a cualquier dato que las contradiga?
¿No convertimos también nuestras opiniones en parte innegociable de quienes somos?
La calidad democrática no depende únicamente de las instituciones; depende del comportamiento cotidiano de los ciudadanos.
Quizá la verdadera pregunta no sea qué está ocurriendo en el Congreso o en los partidos, sino qué está ocurriendo en nuestras conversaciones privadas, en nuestros grupos de mensajería, en nuestras interacciones digitales.
¿Escuchamos o esperamos turno para responder?
¿Leemos para comprender o para refutar?
Implica aceptar que cada vez que elegimos el aplauso fácil en lugar del matiz, contribuimos a estrechar el espacio común.
La autocrítica implica reconocer que la polarización no es un fenómeno externo que nos sucede, sino una dinámica en la que participamos.
Y me incluyo.
No es fácil encontrar la luz entre tanta oscuridad.
Sin embargo.......
(Edmond Rostand)

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