Hay una especie humana , particularmente resistente y casi admirable, si uno la observa con la distancia adecuada , que ha logrado colonizar todos los espacios del debate humano.
No les afectan los cambios sociales, culturales o el cambio climático.
Y cada vez es mas numerosa.
El individuo que pasea su estupidez con una seguridad que roza lo heroico.
No importa el escenario.
Puede ser una comida familiar, un hilo en redes sociales o una tertulia televisiva de máxima audiencia.
Allí estará, firme, convencido, y , esto es clave, absolutamente impermeable a cualquier atisbo de duda.
No se trata de una percepción meramente subjetiva ni de un arrebato elitista.
Diversos estudios en psicología cognitiva llevan décadas señalando un fenómeno inquietante: cuanto menor es la competencia real en un ámbito, mayor tiende a ser la confianza percibida.
Es decir, no es solo que estas personas opinen sin saber.
Es que, además, están profundamente convencidas de que saben más que nadie.
La ignorancia, cuando se combina con una autoestima desbordante, se convierte en un espectáculo.
En las relaciones personales, este fenómeno se manifiesta con una naturalidad casi tierna.
Todos conocemos a alguien que explica con autoridad cómo debería gestionarse la economía mundial mientras confunde el IPC con un electrodoméstico.
O quien pontifica sobre educación emocional sin haber tenido jamás una conversación incómoda consigo mismo.
No es maldad.
Es, en muchos casos, una especie de ingenuidad reforzada por la ausencia total de autocrítica.
Pero donde el fenómeno alcanza cotas de auténtica performance es en el ecosistema mediático.
Las tertulias, ese curioso invento donde la opinión cotiza más que el conocimiento , han elevado esta figura a la categoría de profesión.
El tertuliano no necesita saber; necesita parecer que sabe, y hacerlo con convicción suficiente como para que el espectador dude de sí mismo.
La velocidad del discurso sustituye a la profundidad, y la interrupción constante se convierte en una estrategia argumentativa.
Lo fascinante no es que esto ocurra, sino que funcione.
Porque, según distintos estudios sobre comportamiento social, la seguridad es percibida como una señal de competencia, incluso cuando no existe correlación real.
En otras palabras: cuanto más categórico eres, más creíble pareces.
La duda, ese signo clásico de inteligencia, ha sido injustamente degradada a debilidad.
Así, asistimos a debates donde las posiciones no evolucionan, no se matizan, no se enriquecen.
Se repiten, se defienden, se blindan.
Y en medio de ese ruido, el pensamiento crítico queda relegado a un rincón discreto, como un invitado incómodo que nadie sabe muy bien dónde sentar.
Quizá el verdadero problema no sea la estupidez en sí, sino su exhibición orgullosa, su conversión en identidad.
Porque todos, en mayor o menor medida, transitamos por la ignorancia en múltiples áreas.
La diferencia ,sutil pero decisiva, está en reconocerlo o en convertirlo en altavoz.
Tal vez la ironía final sea esta.
En un mundo con acceso casi ilimitado a la información, nunca ha sido tan fácil aprender… ni tan tentador aparentar que ya se sabe todo.
Ya lo decía el ,siempre recordado , Facundo Cabral.
"El problema es que, por muy temprano que te levantes, cuando sales a la calle ya está llena de pendejos".





