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Así se titulan las discutidas memorias del rey emérito.
Un libro que no llega en silencio, sino envuelto en ruido, opiniones enfrentadas y viejas heridas que nunca terminaron de cerrar.
Para unos, un intento de justificar una vida pública llena de claroscuros.
Para otros, una oportunidad tardía de explicar, de ordenar el relato antes de que lo haga definitivamente la historia.
Sea como sea, la palabra que sobrevuela todo es reconciliación.
Y no solo la suya con el país, sino la nuestra con lo que fuimos, con lo que aceptamos y con lo que preferimos no mirar.
La reconciliación entre ciudadanos y políticos parece hoy una quimera.
Hemos pasado de la confianza ingenua al escepticismo crónico, de delegar a vigilar, de creer a sospechar.
Quizá porque durante demasiado tiempo confundimos estabilidad con silencio y progreso con mirar hacia otro lado. “La política es el arte de lo posible”, decía Bismarck, pero a veces también ha sido el arte de lo impune.
Y aun así, seguimos necesitando puentes.
Porque sin un mínimo de confianza compartida, la convivencia se convierte en un campo minado.
Pero la reconciliación no es solo un asunto de Estado. También es un ejercicio íntimo.
Con nuestra propia biografía.
Con nuestras decisiones acertadas y, sobre todo, con nuestros errores.
Vivimos obsesionados con controlar el relato de nuestra vida, como si se tratara de unas memorias que algún día alguien leerá.
Y sin embargo, la mayor parte del tiempo improvisamos.
Nos equivocamos, rectificamos tarde, pedimos perdón mal. Callamos cuando deberíamos haber hablado.
“Errar es humano”, escribió Séneca, aunque pocas veces nos permitimos de verdad asumirlo sin castigo.
Hay acontecimientos que rompen cualquier relato. Que no admiten justificación ni explicación amable.
El accidente de Adamuz es uno de ellos.
Un drama seco, brutal.
Muertos, familias rotas en segundos.
Un dolor que no entiende de cargos, ideologías ni debates históricos.
Ahí no hay reconciliación posible, solo duelo. Y silencio.
Y una pregunta muda que nadie sabe responder: ¿por qué?
La muerte tiene esa capacidad incómoda de colocarnos en nuestro sitio.
Nos recuerda que somos frágiles, que caminamos sobre una línea finísima creyendo que es suelo firme.
“La vida es aquello que te sucede mientras haces otros planes”, decía John Lennon.
Y tenía razón.
Pensamos que controlamos el futuro, que basta con esforzarse, prever, asegurar.
Pero basta un segundo, una curva, un fallo mínimo, para que todo salte por los aires.
Quizá por eso nos cuesta tanto reconciliarnos con la idea de no tener nuestro control.
Preferimos buscar culpables, explicaciones, relatos tranquilizadores.
En política, en la historia, en nuestra propia vida.
Pero hay tragedias que no enseñan nada, que no hacen mejores a quienes las sufren. Solo duelen.
Y ese dolor debería hacernos más humildes, más conscientes de que estamos de paso.
“Memento mori”, recordaban los romanos.
" Recuerda que morirás".
No como amenaza, sino como invitación a vivir con más verdad.
Reconciliarnos no es olvidar. No es absolver sin más. No es pasar página a la ligera.
Es mirar de frente lo que ocurrió, aceptar la complejidad, reconocer los daños y asumir límites.
En la relación entre ciudadanos y políticos, significa exigir responsabilidad sin caer en el cinismo total.
En nuestra vida personal, implica aceptar que no todo salió como esperábamos y que aun así seguimos aquí.
Tal vez esa sea la reconciliación más difícil
Con nuestra propia fragilidad.
Con el hecho de que no somos invencibles, ni eternos, ni dueños absolutos de nuestro destino.
“Nadie promete que la vida sea justa , solo que será verdadera”, escribió Albert Camus.
Y en esa verdad caben los aciertos, los errores, el dolor ajeno que nos sacude y la memoria incómoda que vuelve cuando menos la esperamos.
Reconciliación, al final, no como punto de llegada, sino como un camino incierto.
Como la vida misma.

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