viernes, 21 de noviembre de 2014

DIAGNOSTICO







Entró en la consulta de su médico habitual.
De un tiempo a esta parte había notado una serie de síntomas, aparentemente sin importancia, pero que le preocupaban.
Dormía mal, se levantaba con sensación de angustia, ansiedad y una opresión permanente en el pecho.
No sabía a que atribuirlo. Físicamente se encontraba bien, su vida estaba razonablemente ordenada , no tenía grandes problemas y sus insatisfacciones no eran mayores de las que podría tener cualquier persona.
Era suficientemente maduro como para asumir las imperfecciones lógicas de la vida, consciente de que nadie goza de un paisaje perfecto.
Un artículo recientemente leído , en el cual un eminente médico desglosaba la  somatización de problemas físicos y su repercusión   en los estados de animo, le habían hecho descartar su idea inicial de acudir al psicólogo e involucrarse  en largas sesiones , cuyo resultado era dudoso.
Por tanto, había decidido someterse a un riguroso chequeo, cuyo resultado le podría orientar sobre la causa de sus molestias.
Su doctor le saludo cordialmente y depositó sobre la mesa la carpeta donde se encontraba el resumen de las pruebas realizadas.
Perplejo, escuchó el diagnóstico final.
Se encontraba perfectamente , no existía ningún valor alterado y disfrutaba de una razonable salud.
Solamente existía una anomalía.
En el escáner realizado, se había detectado un considerable desarrollo en la parte occipital de su cerebro de una glándula que, entre otras funciones, se encargaba de regular la mayor o menor intensidad de ciertos sentimientos.
Y aparentemente el resultado era claro: 
Padecía de romanticismo congénito.
Y era de nacimiento, tal como las pruebas demostraban.
Inicialmente, el pequeño tamaño de dicha glándula no había provocado mayores problemas.
Incluso, tal como le informo el doctor, lo más habitual era que, con el tiempo, la misma disminuyese hasta prácticamente desaparecer.
Pero en su caso, había ocurrido todo lo contrario.
Había crecido considerablemente.
Y no había cura. 
Nada le impedía poder llevar una vida físicamente normal pero era imposible modificar esa circunstancia y tendría que aprender a convivir con la misma.
Cuando salió de la consulta, se encontraba confuso.
¿ Era una incómoda broma la que le había gastado su médico o había algo de realidad?.
En la soledad de su casa, hizo un  amplio repaso de su vida.
Y de repente se dio cuenta de que el doctor tenía razón.
Analizando objetivamente todas aquellas circunstancias que en determinados momentos habían alterado su vida, existía un elemento común que, ahora y con el tiempo, fue capaz de identificar.
El loco, irracional e impetuoso romanticismo.
El constante deseo de idealización, de búsqueda permanente en sus relaciones personales, trabajo, familia, amor.....
El creer firmemente que, en algún lugar del Universo, existía una Arcadia feliz.
Cansado, decidió acostarse con el firme propósito de  combatir ese sentimiento que tantos problemas le había provocado.
Apago la luz y a través de la ventana observó que  había luna llena , mientras que el aroma de un macizo de flores cercano perfumaba la habitación. 
Y sonrío al recordar que  al día siguiente almorzaba con la mujer que desde hacía mucho tiempo ocupaba sus sueños.
Próxima pero inaccesible. 
Suspiró. Y otra noche más....soñó con ella.