jueves, 30 de abril de 2026

ROAST



Cuando uno enciende la televisión para seguir el directo del Congreso de los Diputados tiene la incómoda sensación de haberse equivocado de canal.
No porque lo que vea sea ficción ,ojalá, sino porque el tono, la gestualidad y la intensidad recuerdan sospechosamente a otro género: el roast.
Solo que sin guion, sin ingenio… y sin inteligencia.
El roast, popularizado por formatos como el Comedy Central Roast, tiene reglas claras. Se invita a una figura conocida, se la somete a una batería de críticas despiadadas y todos aceptan el juego. Hay ironía, precisión y, sobre todo, una premisa básica: el humor.
Incluso Donald Trump pasó por ese ritual antes de que la realidad decidiera competir con la parodia.
En el roast, el ataque es un ejercicio de inteligencia.
Hay ritmo, hay intención y hay conciencia de estar representando un papel.
En el Congreso también hay críticas, interrupciones y teatralidad.
Pero con una diferencia esencial:
Aquí nadie parece entender el género.
Lo que debería ser debate se convierte en ruido.
Donde cabría esperar ironía, hay descalificación burda.
Donde debería haber argumento, hay volumen.
Y lo más inquietante:
Muchos parecen convencidos de que están haciendo política… cuando apenas están haciendo espectáculo.
Un espectáculo mediocre.
Porque la crítica puede ser feroz y brillante a la vez. Puede desmontar, incomodar y hacer pensar.
Pero para eso hace falta algo más que indignación y gesto.
Hace falta talento.
Imaginen por un momento un Congreso que adoptara, al menos, parte de las reglas del roast: intervenciones breves, agudas, con referencias y sentido del humor. Y al final, el aludido respondiendo con inteligencia en lugar de ofensa prefabricada.
Seguiríamos sin estar de acuerdo.
Pero al menos merecería la pena escuchar.
Hoy asistimos a una versión torpe y descafeinada de ese formato.
Un roast sin risa.
Una política sin altura.
Y en ese escenario, el espectador ,cada vez menos paciente, cambia de canal.
No porque no le interese la política.
Sino porque, si va a ver un espectáculo, al menos exige que esté bien escrito.
 









martes, 28 de abril de 2026

HIMNOS



Hace unos días volví a ver Casablanca.
He perdido la cuenta de las innumerables veces que lo he hecho , al igual que con otras películas míticas .
Y de nuevo, al visionar la emblemática escena en que un grupo de personas decide entonar La Marsellesa , como reacción ante los cánticos de un  grupo de soldados alemanes, liderados por el Mayor Strasser ( Conrad Veidt), me provoca una reflexión.
No solo es música.
Es una declaración emocional de dignidad compartida. 
No hay cálculo. No hay estrategia. 
Hay algo más raro: unidad.
Muchos años después, tras los atentados de París, la Asamblea Nacional volvió a cantarla. 
Y, por un momento, pareció que el ruido del mundo se detenía. No por el himno en sí, sino por lo que representaba.
Un nosotros sin matices, sin trincheras.
Nunca he sido de símbolos. 
Las banderas y los himnos tienen una capacidad casi infinita para ser utilizados y, a menudo, manipulados por cualquier espectro político. 
Son herramientas eficaces porque apelan a lo más primario.
Emoción, pertenencia, identidad. Y ahí es donde empieza el problema.
En España,  arrastramos una herencia incómoda. 
La bandera y el himno siguen, para muchos, contaminados por la memoria de una guerra civil y una dictadura.
No es una cuestión solo de razón.
Es una cuestión de piel. Y contra eso, los argumentos sirven de poco.
Quizá lo verdaderamente triste no sea ese pasado , todos los países lo tienen, sino nuestra incapacidad para resignificarlo juntos. 
Para construir algo nuevo que no excluya, que no incomode, que no obligue a elegir bando antes incluso de empezar a conversar.
Porque, en el fondo, no se trata de crear una letra para un himno. Se trata de crear un espacio común donde esa letra pueda ser cantada sin sospecha.
¿Cómo avanzar hacia ahí? Tal vez no con grandes gestos, sino con decisiones incómodas y valientes.
Primero, aceptar que la memoria es plural y en ocasiones no justa.
No imponer una narrativa única, sino reconocer que diferentes sensibilidades conviven , pero siempre en democracia.
La concordia no nace de borrar el pasado, sino de entenderlo sin utilizarlo como arma arrojadiza.
Segundo, despolitizar , en la medida de lo posible, los símbolos institucionales.
Suena utópico, pero implica algo muy concreto.
Que ningún partido se apropie emocionalmente de ellos. 
Que ondear una bandera no diga nada sobre a quién votas.
Tercero, abrir un proceso cultural, no solo político. 
Una posible letra para el himno no debería salir de un despacho, sino de un proceso participativo amplio.
Artistas, historiadores, lingüistas y, sobre todo, ciudadanos. No para buscar unanimidad , eso no existe, sino para construir legitimidad.
Cuarto, educar en ciudadanía antes que en identidad.
Si el orgullo colectivo se basa solo en símbolos, es frágil y fácilmente manipulable. 
Si se basa en valores compartidos , respeto, convivencia, justicia,  entonces los símbolos dejan de ser trincheras y pasan a ser puentes.
Y, por último, asumir que quizá nunca cantaremos todos lo mismo con la misma emoción. 
Pero sí podemos aspirar a algo más realista y más valioso
Que nadie sienta rechazo al hacerlo.
Tal vez el himno llegue después.
 Lo importante es que ya estemos empezando a escucharnos.

viernes, 24 de abril de 2026

ESTUPIDOS

    


Hay una especie humana , particularmente resistente y casi admirable, si uno la observa con la distancia adecuada , que ha logrado colonizar todos los espacios del debate humano.
No les afectan los cambios sociales, culturales o el cambio climático.
Y cada vez es mas numerosa.
El individuo que pasea su estupidez con una seguridad que roza lo heroico. 
No importa el escenario.
Puede ser una comida familiar, un hilo en redes sociales o una tertulia televisiva de máxima audiencia. 
Allí estará, firme, convencido, y , esto es clave, absolutamente impermeable a cualquier atisbo de duda.
No se trata de una percepción meramente subjetiva ni de un arrebato elitista. 
Diversos estudios en psicología cognitiva llevan décadas señalando un fenómeno inquietante: cuanto menor es la competencia real en un ámbito, mayor tiende a ser la confianza percibida. 
Es decir, no es solo que estas personas opinen sin saber.
Es que, además, están profundamente convencidas de que saben más que nadie. 
La ignorancia, cuando se combina con una autoestima desbordante, se convierte en un espectáculo.
En las relaciones personales, este fenómeno se manifiesta con una naturalidad casi tierna. 
Todos conocemos a alguien que explica con autoridad cómo debería gestionarse la economía mundial mientras confunde el IPC con un electrodoméstico. 
O quien pontifica sobre educación emocional sin haber tenido jamás una conversación incómoda consigo mismo. 
No es maldad. 
Es, en muchos casos, una especie de ingenuidad reforzada por la ausencia total de autocrítica.
Pero donde el fenómeno alcanza cotas de auténtica performance es en el ecosistema mediático. 
Las tertulias, ese curioso invento donde la opinión cotiza más que el conocimiento , han elevado esta figura a la categoría de profesión. 
El tertuliano no necesita saber; necesita parecer que sabe, y hacerlo con convicción suficiente como para que el espectador dude de sí mismo. 
La velocidad del discurso sustituye a la profundidad, y la interrupción constante se convierte en una estrategia argumentativa.
Lo fascinante no es que esto ocurra, sino que funcione.
Porque, según distintos estudios sobre comportamiento social, la seguridad es percibida como una señal de competencia, incluso cuando no existe correlación real. 
En otras palabras: cuanto más categórico eres, más creíble pareces. 
La duda, ese signo clásico de inteligencia, ha sido injustamente degradada a debilidad.
Así, asistimos a debates donde las posiciones no evolucionan, no se matizan, no se enriquecen. 
Se repiten, se defienden, se blindan. 
Y en medio de ese ruido, el pensamiento crítico queda relegado a un rincón discreto, como un invitado incómodo que nadie sabe muy bien dónde sentar.
Quizá el verdadero problema no sea la estupidez en sí, sino su exhibición orgullosa, su conversión en identidad.
Porque todos, en mayor o menor medida, transitamos por la ignorancia en múltiples áreas. 
La diferencia ,sutil pero decisiva, está en reconocerlo o en convertirlo en altavoz.
Tal vez la ironía final sea esta. 
En un mundo con acceso casi ilimitado a la información, nunca ha sido tan fácil aprender… ni tan tentador aparentar que ya se sabe todo.
Ya lo decía el ,siempre recordado , Facundo Cabral.
"El problema es que, por muy temprano que te levantes, cuando sales a la calle ya está llena de pendejos".

viernes, 17 de abril de 2026

CAOS


Analizar a Donald Trump exige abandonar una comodidad intelectual. 
La de reducirlo a caricatura. 
No, no es solo un líder estrambótico. El problema es más inquietante. 
Trump no es el caos… es alguien que ha sabido utilizar el caos. 
La cuestión es que, con el tiempo, ese mismo caos empieza a devorarlo todo, incluidos los resultados.
Durante años, muchos han querido ver en su estilo una genialidad estratégica, apoyándose en la lógica expuesta en The Art of the Deal.
Presión, imprevisibilidad, dominio del relato. 
Y es cierto.Trump entiende como pocos que , en política moderna, la atención es poder. Quien marca la conversación, domina el terreno.
Pero hay una diferencia crítica entre dominar la conversación y dominar la realidad.
En Ucrania, no hay paz.
En Gaza, hay desgaste moral y político y un futuro incierto.
Con Irán, hay tensión permanente sin resolución.
Y en todo ello, las víctimas inocentes se multiplican.
El patrón se repite: Escalada, amenaza, titular. 
Pero la política exterior no se mide en impactos mediáticos, sino en equilibrios estables.
Y ahí, el balance no es ambiguo, es débil.
Entonces surge la pregunta incómoda: 
¿Estamos ante un estratega brillante…o ante alguien que confunde la intensidad con la eficacia?
Porque existe otra hipótesis, menos cómoda para sus defensores. Que la famosa “estrategia” sea, en parte, una racionalización posterior. 
Que el estilo impulsivo no sea una herramienta controlada, sino una limitación convertida en narrativa.
Que el personaje haya acabado devorando a la persona.
A esto se suma un factor inevitable : la edad. 
Sin necesidad de caer en diagnósticos simplistas, es legítimo preguntarse si el aumento de la erraticidad responde únicamente a cálculo o también a desgaste. 
No hace falta afirmar deterioro cognitivo para reconocer algo más evidente: la consistencia no es su rasgo dominante.
Y mientras tanto, la realidad pasa factura.
Su popularidad no se desploma de golpe,  se erosiona lentamente. Como ocurre con todos los liderazgos basados en la tensión constante. 
El núcleo duro resiste, pero el perímetro se deshace
Independientes, moderados, votantes cansados del conflicto como forma de gobierno.
Aquí es donde el personaje deja de ser eficaz.
Porque la estrategia de polarizar funciona para conquistar poder, pero no necesariamente para sostenerlo.
Trump ha demostrado que se puede ganar siendo disruptivo.
Lo que no ha demostrado , al menos de forma consistente, es que se pueda gobernar con el mismo método sin generar más inestabilidad que soluciones.
Y ahí está el verdadero dilema.
No si es un genio o un desequilibrado.
Sino si su forma de ejercer el poder construye algo duradero o simplemente intensifica el ruido antes del desgaste.
Quizá Trump no sea un error del sistema.
Quizá sea su síntoma más visible.
El problema no es el ruido del poder .......
Sino el silencio de las vidas que se apagan mientras nadie asume el coste.