![]() |
Hace unos días volví a ver Casablanca.
He perdido la cuenta de las innumerables veces que lo he hecho , al igual que con otras películas míticas .
Y de nuevo, al visionar la escena en que un grupo de personas decide cantar La Marsellesa , me provoca una reflexión.
No solo es música.
Es una declaración emocional de dignidad compartida.
No hay cálculo. No hay estrategia.
Hay algo más raro: unidad.
Muchos años después, tras los atentados de París, la Asamblea Nacional volvió a cantarla.
Y, por un momento, pareció que el ruido del mundo se detenía. No por el himno en sí, sino por lo que representaba.
Un nosotros sin matices, sin trincheras.
Nunca he sido de símbolos.
Las banderas y los himnos tienen una capacidad casi infinita para ser utilizados y, a menudo, manipulados por cualquier espectro político.
Son herramientas eficaces porque apelan a lo más primario.
Emoción, pertenencia, identidad. Y ahí es donde empieza el problema.
En España, arrastramos una herencia incómoda.
La bandera y el himno siguen, para muchos, contaminados por la memoria de una guerra civil y una dictadura.
No es una cuestión solo de razón.
Es una cuestión de piel. Y contra eso, los argumentos sirven de poco.
Quizá lo verdaderamente triste no sea ese pasado , todos los países lo tienen, sino nuestra incapacidad para resignificarlo juntos.
Para construir algo nuevo que no excluya, que no incomode, que no obligue a elegir bando antes incluso de empezar a conversar.
Porque, en el fondo, no se trata de crear una letra para un himno. Se trata de crear un espacio común donde esa letra pueda ser cantada sin sospecha.
¿Cómo avanzar hacia ahí? Tal vez no con grandes gestos, sino con decisiones incómodas y valientes.
Primero, aceptar que la memoria es plural y en ocasiones no justa.
No imponer una narrativa única, sino reconocer que diferentes sensibilidades conviven , pero siempre en democracia.
La concordia no nace de borrar el pasado, sino de entenderlo sin utilizarlo como arma arrojadiza.
Segundo, despolitizar , en la medida de lo posible, los símbolos institucionales.
Suena utópico, pero implica algo muy concreto.
Que ningún partido se apropie emocionalmente de ellos.
Que ondear una bandera no diga nada sobre a quién votas.
Tercero, abrir un proceso cultural, no solo político.
Una posible letra para el himno no debería salir de un despacho, sino de un proceso participativo amplio.
Artistas, historiadores, lingüistas y, sobre todo, ciudadanos. No para buscar unanimidad , eso no existe, sino para construir legitimidad.
Cuarto, educar en ciudadanía antes que en identidad.
Si el orgullo colectivo se basa solo en símbolos, es frágil y fácilmente manipulable.
Si se basa en valores compartidos , respeto, convivencia, justicia, entonces los símbolos dejan de ser trincheras y pasan a ser puentes.
Y, por último, asumir que quizá nunca cantaremos todos lo mismo con la misma emoción.
Pero sí podemos aspirar a algo más realista y más valioso
Que nadie sienta rechazo al hacerlo.
Tal vez el himno llegue después.
Lo importante es que ya estemos empezando a escucharnos.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario