Cuando uno enciende la televisión para seguir el directo del Congreso de los Diputados tiene la incómoda sensación de haberse equivocado de canal.
No porque lo que vea sea ficción ,ojalá, sino porque el tono, la gestualidad y la intensidad recuerdan sospechosamente a otro género: el roast.
Solo que sin guion, sin ingenio… y sin inteligencia.
El roast, popularizado por formatos como el Comedy Central Roast, tiene reglas claras. Se invita a una figura conocida, se la somete a una batería de críticas despiadadas y todos aceptan el juego. Hay ironía, precisión y, sobre todo, una premisa básica: el humor.
Incluso Donald Trump pasó por ese ritual antes de que la realidad decidiera competir con la parodia.
En el roast, el ataque es un ejercicio de inteligencia.
Hay ritmo, hay intención y hay conciencia de estar representando un papel.
En el Congreso también hay críticas, interrupciones y teatralidad.
Pero con una diferencia esencial:
Aquí nadie parece entender el género.
Lo que debería ser debate se convierte en ruido.
Donde cabría esperar ironía, hay descalificación burda.
Donde debería haber argumento, hay volumen.
Y lo más inquietante:
Muchos parecen convencidos de que están haciendo política… cuando apenas están haciendo espectáculo.
Un espectáculo mediocre.
Porque la crítica puede ser feroz y brillante a la vez. Puede desmontar, incomodar y hacer pensar.
Pero para eso hace falta algo más que indignación y gesto.
Hace falta talento.
Imaginen por un momento un Congreso que adoptara, al menos, parte de las reglas del roast: intervenciones breves, agudas, con referencias y sentido del humor. Y al final, el aludido respondiendo con inteligencia en lugar de ofensa prefabricada.
Seguiríamos sin estar de acuerdo.
Pero al menos merecería la pena escuchar.
Hoy asistimos a una versión torpe y descafeinada de ese formato.
Un roast sin risa.
Una política sin altura.
Y en ese escenario, el espectador ,cada vez menos paciente, cambia de canal.
No porque no le interese la política.
Sino porque, si va a ver un espectáculo, al menos exige que esté bien escrito.
No porque lo que vea sea ficción ,ojalá, sino porque el tono, la gestualidad y la intensidad recuerdan sospechosamente a otro género: el roast.
Solo que sin guion, sin ingenio… y sin inteligencia.
El roast, popularizado por formatos como el Comedy Central Roast, tiene reglas claras. Se invita a una figura conocida, se la somete a una batería de críticas despiadadas y todos aceptan el juego. Hay ironía, precisión y, sobre todo, una premisa básica: el humor.
Incluso Donald Trump pasó por ese ritual antes de que la realidad decidiera competir con la parodia.
En el roast, el ataque es un ejercicio de inteligencia.
Hay ritmo, hay intención y hay conciencia de estar representando un papel.
En el Congreso también hay críticas, interrupciones y teatralidad.
Pero con una diferencia esencial:
Aquí nadie parece entender el género.
Lo que debería ser debate se convierte en ruido.
Donde cabría esperar ironía, hay descalificación burda.
Donde debería haber argumento, hay volumen.
Y lo más inquietante:
Muchos parecen convencidos de que están haciendo política… cuando apenas están haciendo espectáculo.
Un espectáculo mediocre.
Porque la crítica puede ser feroz y brillante a la vez. Puede desmontar, incomodar y hacer pensar.
Pero para eso hace falta algo más que indignación y gesto.
Hace falta talento.
Imaginen por un momento un Congreso que adoptara, al menos, parte de las reglas del roast: intervenciones breves, agudas, con referencias y sentido del humor. Y al final, el aludido respondiendo con inteligencia en lugar de ofensa prefabricada.
Seguiríamos sin estar de acuerdo.
Pero al menos merecería la pena escuchar.
Hoy asistimos a una versión torpe y descafeinada de ese formato.
Un roast sin risa.
Una política sin altura.
Y en ese escenario, el espectador ,cada vez menos paciente, cambia de canal.
No porque no le interese la política.
Sino porque, si va a ver un espectáculo, al menos exige que esté bien escrito.

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