jueves, 9 de julio de 2026

TRES MINUTOS

 


Hay pausas que salvan un partido. Y otras que pueden cambiar una vida.
Las condiciones climatológicas tal como  se regulo en el pasado Mundial de Clubes , establece unas pausas de hidratación en los partidos del Mundial 2026 durante unos minutos. 
El motivo es evidente: proteger la salud de los jugadores cuando el calor y la humedad convierten el esfuerzo físico en un riesgo.
Son apenas tres minutos.
Tres minutos para hidratarse, recuperar el aliento y escuchar las indicaciones del entrenador antes de volver al terreno de juego.
Mientras veía una de esas pausas comprendí que, quizá sin darnos cuenta, también nosotros estamos a punto de iniciar la nuestra.
Millones de personas abandonaran durante unos días su particular cárcel urbana. 
No solo intentarán escapar de las altas temperaturas.
También de la rutina, de la presión laboral, de los conflictos cotidianos, de los horarios y de ese ruido constante que termina por ocupar cada espacio de nuestra vida.
Necesitamos detenernos.
En el fútbol, esos tres minutos sirven para beber agua, recuperar fuerzas y modificar una estrategia que quizá no estaba dando resultado.
En la vida sucede algo muy distinto.
No hay un entrenador esperando en la banda para decirnos qué hacer. 
Cada uno ocupa ese banquillo. Cada uno diseña su táctica. 
No existen facultades donde aprender a gestionar una decepción, una crisis familiar, una mala decisión profesional o el desgaste que producen los años. 
Tampoco hay un árbitro al que culpar cuando las cosas salen mal.
Las decisiones son nuestras.
También lo son sus consecuencias.
Algunos errores solo obligan a reorganizar el juego. Otros dejan cicatrices que acompañan durante mucho tiempo. 
Pero incluso esas derrotas forman parte del aprendizaje.
No existen manuales para vivir.
Quizá por eso las vacaciones tengan un valor que va mucho más allá del descanso. 
Son una oportunidad para hacer lo mismo que hacen esos futbolistas durante la pausa de hidratación: detenerse, respirar, analizar el partido, abandonar esquemas que ya no funcionan y preparar con serenidad el tiempo que todavía queda por jugar.
Porque la vida no siempre permite elegir el partido que nos toca disputar.
Lo que sí podemos decidir es cómo aprovechar cada pausa antes de que el árbitro vuelva a señalar el comienzo.
Y quizá las grandes victorias no se consigan mientras el balón está en juego, sino durante esos pocos minutos en los que uno encuentra el valor de replantear la estrategia.
Valor. Con V de vivir.















martes, 23 de junio de 2026

NO ME SALVEN

 




No me salven.
Por favor, no me salven.
Tengo demasiadas canas, demasiados libros leídos, demasiados desengaños, demasiados errores, demasiados fracasos,  demasiados caminos recorridos ,  como para que me salven.
Todos los días me levanto esperando escuchar noticias positivas,  creíbles,  solidarias, noticias de la verdadera realidad.
Y solo me encuentro el mismo paisaje.
Palabrería, demagogia, populismo, vaguedades, promesas  incumplidas, mentiras, amoralidad....y corrupción.
" Si el vaso no está limpio, lo que en el derrames se corromperá" (Horacio).
El evidente y notorio desencanto ciudadano, alimenta propuestas populistas que el devenir  histórico demuestra su posterior fracaso, pero pagando un alto precio  económico y social.Horacio (6
No me salven.
A estas alturas de mi vida, solo necesito hechos.
Necesito realidades.
Presente y no futuro.
No necesito salvadores , iluminados, profetas, nuevos libertadores, arribistas o pesebristas del poder.
Necesito ciudadanos.
Con los pies en la tierra, escuchando y presenciando la miseria, las deficiencias, la falta de trabajo, las necesidades de mejoras en los diferentes sectores, la pobreza de los comedores sociales, las dificultades de vivienda digna, los sueldos tercer mundistas de las nuevas generaciones.
Necesito calle y no poltrona.
Y todo ello gestionado  por los mejores profesionales en cada campo, las mentes brillantes que existen en nuestro país, los más capacitados, los de mayor conciencia social, los de mayor sentido de Estado.
Y , evidentemente, correctamente remunerados pero con los mínimos privilegios. Solo aquellos que estén plenamente justificados para el desarrollo de su función. 
Y con transparencia informativa, con cifras reales, con ahorro presupuestario en las diferentes partidas necesarias para hacer funcionar la maquinaria.
Este es solo un ejemplo de los múltiples que podríamos citar en estos últimos tiempos.
Este no es un texto ideológico, no es un texto partidista.
Lo escribiría igual, sea quien sea que ocupe el poder.
Y va dirigido a toda la clase política , aunque en este caso particularmente a quien hoy gobierna.
No me salven. 
Gestionen y  gobiernen, pensando en nosotros, no en sus ambiciones.
Sean ustedes verdaderos ciudadanos que, voluntariamente  , ocupan puestos pagados con nuestros impuestos, para conseguir la mejor cuenta de resultados de esa gran empresa llamada España.
Y recuerden que el Congreso es nuestra cámara de representación y obviamente de discrepancia, pero para buscar soluciones.
No un frente de guerra.  
No tengo nada en contra de quien, honestamente,  ha decidido dedicar su vida a la política.
Pero, no hagan buena la conocida frase de mi admirado Groucho Marx:
" La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados".
Una vez más....no me salven.
 



miércoles, 10 de junio de 2026

DESENCANTO




La retransmisión televisiva de la visita del Papa Leon XIV a España nos ha aportado imágenes que parecen mostrar  un cambio sociológico entre la juventud , quizás ya existente , que yo desconocía.
Una plaza llena, un líder religioso aclamado, miles de jóvenes cantando al unísono, fervor y entusiasmo.
Una causa que de repente ocupa titulares y conversaciones.

En esos momentos resulta casi imposible escapar a una sensación colectiva: algo está cambiando.
Y quizás sea cierto.
O quizás no.
Porque la historia tiene una curiosa costumbre: someter el entusiasmo a la auditoría del tiempo.
Con la debida y lógica distancia similar a , en su momento, la aparición de un nuevo partido político de izquierdas.
Podemos.
El auge es la fase más agradecida. Todo parece posible. Los seguidores ven futuro. Los detractores minimizan lo que ocurre. Los medios amplifican el fenómeno. Cada cual encuentra en él la confirmación de sus propias expectativas.
Después llega la realidad.
La realidad no suele entrar por la puerta principal. Aparece poco a poco. 
Exige constancia, organización, resultados, coherencia y paciencia. Virtudes bastante menos fotogénicas que el entusiasmo.
Es entonces cuando se descubre si aquello era una corriente profunda o simplemente una ola especialmente alta.
Y finalmente aparece el desencanto. 
Ese viejo conocido.
No porque el fenómeno fuese necesariamente falso, sino porque las expectativas suelen viajar más rápido que los hechos.
La sociedad moderna parece sufrir una extraña impaciencia histórica.
Antes de que un movimiento haya demostrado nada, ya hay quien anuncia su triunfo definitivo.
Y antes de que fracase, ya hay quien redacta su esquela.
Vivimos rodeados de comienzos históricos y finales definitivos que rara vez sobreviven al siguiente ciclo informat
El entusiasmo es un magnífico punto de partida. El problema aparece cuando se le exige actuar como prueba.
No todo auge termina en desencanto. Pero casi todos los desencantos nacen de un auge.
Quizá dentro de unos años descubramos que aquellas imágenes anunciaban una transformación que apenas éramos capaces de percibir.
O quizá comprobemos que fueron simplemente el reflejo de una necesidad colectiva de creer, durante unas horas, unos y otros  que algo estaba cambiando.
La diferencia entre una cosa y otra suele ser sencilla de explicar. Lo complicado es que solo la conoce el tiempo
Sócrates afirmaba que la sabiduría comienza al reconocer lo que uno ignora, y también algo de la curiosidad permanente que caracteriza a quienes seguimos observando el mundo sin darlo por resuelto.
Yo, con los años he acumulado menos certezas de las que esperaba y más preguntas de las que imaginaba. 
No me parece un mal intercambio
Y cada vez que creo haber entendido cómo funciona la realidad, la realidad tiene la desagradable costumbre de introducir una enmienda.
Confieso que, obviamente, no tengo todas las respuestas.
Pero no por ello dejaré de seguir haciéndome preguntas.
Hasta que la función termine......



jueves, 21 de mayo de 2026

LINEA ROJA



En 2004, Luis Aragonés tomó el relevo de Iñaki Sáez al frente de una selección española recién naufragada en la Eurocopa de Portugal.
Aquel equipo tenía buenos jugadores, sí. Pero no tenía alma. Ni identidad.
Y entonces apareció una idea sencilla que terminó convirtiéndose en símbolo colectivo:
“Brasil es la canarinha, Argentina la albiceleste… me gustaría que España fuese La Roja”.
El resto ya forma parte de la historia.
“La Roja” acabó representando talento, esfuerzo colectivo, disciplina, orgullo competitivo y una idea bastante simple: para jugar en ese equipo había líneas que no podían cruzarse.
Muchos años después, en España seguimos hablando constantemente de “rojas”.
Pero ya no exactamente de la misma.
Ahora hablamos de líneas rojas.
La reciente imputación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero , causa todavía en fase de instrucción y respecto a la cual debe preservarse plenamente su legítima presunción de inocencia,  ha reabierto un debate mucho más profundo que un nombre concreto.
Porque la cuestión no es únicamente judicial.
Es estructural.
Y conduce inevitablemente a una pregunta incómoda:
¿Quién juega realmente el partido del poder en España?
Porque sí, en España existen lobbies.
La consultora Acento Public Affairs, creada por el exministro socialista Jose Blanco y Alvaro Alonso, exministro de Sanidad  del PP ha experimentado un crecimiento meteórico, pasando de 150.000 € de facturación en 2019 a 9,5 M € en 2024, convirtiéndose en la firma líder del sector del lobby en España.
Aunque durante años se ha evitado pronunciar la palabra, como si nombrarla fuese peor que practicarla.
Aquí preferíamos expresiones más elegantes:
Contactos , interlocución , asesoría estratégica,
relaciones institucionales.......
Todo muy Plus Ultra.
Más allá, efectivamente.
Más allá de la transparencia.
Más allá de los registros públicos.
Más allá, a veces, de la fina línea que separa la influencia legítima del tráfico de influencias.
Porque el lobby legal existe en todas las democracias modernas.
Y además es inevitable.
Empresas energéticas, banca, farmacéuticas, tecnológicas, sindicatos, patronales, ONG o consultoras intentan influir constantemente en gobiernos y parlamentos.
Eso ocurre en Madrid.
En Bruselas.
En Washington.
La diferencia no está en su existencia.
La diferencia está en las reglas del juego.
En Estados Unidos o en instituciones europeas existen registros, trazabilidad y obligación de declarar reuniones e intereses con bastante más claridad que en España.
Aquí seguimos moviéndonos muchas veces entre la agenda oficial… y el reservado.
Entre el cargo público y la futura silla en el consejo de administración.
Entre la vocación política y la puerta giratoria con vistas al Ibex.
Y ahí aparece el verdadero problema.
No la defensa legítima de intereses.
Sino la desigualdad de acceso al poder.
Porque mientras un ciudadano normal necesita cita previa, contraseña digital y tres intentos fallidos con el certificado electrónico, algunos despachos parecen entrar al BOE por la puerta de servicio.
Cataluña avanzó hace años con registros obligatorios de grupos de interés.
La Comunidad Valenciana también dio pasos relevantes.
Madrid continúa en una especie de VAR administrativo permanente, se revisa la jugada pero raramente se enseña la tarjeta.
Y quizá ahí esté el gran dilema español.
Nos hemos acostumbrado tanto a discutir quién lleva la camiseta… que hemos dejado de mirar quién redacta el reglamento.
Por supuesto, corresponde únicamente a la Justicia determinar si en cada caso concreto hubo conducta delictiva o no.
Y conviene repetirlo en tiempos de juicios paralelos:
Imputación no significa culpabilidad.
La presunción de inocencia no es un detalle técnico.
Es una línea roja democrática.
Pero precisamente por eso, porque la Justicia debe actuar sin ruido ni trincheras, la política debería exigirse algo más que la mera legalidad.
También ejemplaridad.
Porque un país no se deteriora solamente cuando alguien cruza la línea roja penal.
Empieza a deteriorarse mucho antes:
Cuando deja de distinguirla.
Y ahí sí que no hay prórroga posible.
Archivo de la causa…
O tarjeta roja.
Pero definitiva.


jueves, 7 de mayo de 2026

ZONAS GRISES

 


El juicio del llamado caso "mascarillas" ha llegado a su fin , en espera de la sentencia del Tribunal Supremo.
Y me provoca algunas reflexiones.
Haciendo un seguimiento del mismo e independientemente de la figura del ex Ministro de Transportes Jose Luis Abalos como presunto "padrino" y beneficiario lucrativo de la trama junto con el resto de implicados, me llama poderosamente la atención la figura de Koldo Garcia, independientemente de lo publicado sobre su perfil, pasado profesional , militancia o formación.
Puede que sea algo bastante más incómodo.
Porque cuando aparecen personajes así, la tentación inmediata consiste en convertirlos en monstruos excepcionales, como si hubieran surgido de un agujero aislado del sistema. 
Y probablemente ese sea el error más tranquilizador para todos. Pensar que el problema es el de “un individuo”.
Pero quizá Koldo no sea solo una anomalía. También un síntoma.
El símbolo de una forma de funcionar demasiado instalada en España desde hace décadas.
La mezcla difusa entre confianza personal, poder político, acceso informal y ausencia de controles reales.
No hace falta imaginar conspiraciones cinematográficas.
La corrupción moderna rara vez funciona así.
Casi nunca empieza con sobres encima de una mesa.
Empieza con algo mucho más cotidiano:
“Es de confianza”.
“Ayúdalo”.
“Tiene acceso”.
“Habla con él”.
“Ya sabe cómo funciona esto”.
Y poco a poco aparece una figura peligrosísima para cualquier democracia. La persona sin poder formal, pero con un enorme poder real.
Ese espacio ambiguo entre despacho, partido, ministerio, empresarios y favores es precisamente donde los sistemas institucionales más sólidos intentan poner límites muy claros, basados en estrictos controles.
Las democracias modernas no se deterioran ,normalmente mediante grandes golpes de Estado.
Se desgastan lentamente a través de pequeñas normalidades aceptadas.
El amigo que intermedia.
El asesor que nadie controla.
El empresario con teléfono directo.
La reunión que no consta.
El “ya te llamaré”.
Y cuando eso se normaliza demasiado, los controles llegan tarde.
España no es un país sin democracia, pero claramente  imperfecta.
Ni un sistema comparable a los modelos autocráticos donde el poder político controla abiertamente jueces y tribunales.
Aunque , honestamente, esa presión política existe y es practicada
Pero sí un país donde,  demasiadas veces, las relaciones personales pesan más de lo que deberían dentro de las estructuras públicas.
Y ahí Koldo se convierte en algo más simbólico que individual.
Porque, aunque finalmente los tribunales determinen responsabilidades concretas, el debate importante ya está abierto.
¿ Cómo puede una persona acumular tanta capacidad de influencia , desembocando en presunta corrupción, obviamente en connivencia con un alto cargo,  sin controles preventivos eficaces?
La pregunta no debería dirigirse solo a un partido político, sería demasiado cómodo.
Debería dirigirse al funcionamiento completo del sistema: Ministerios, Partidos, Organismos públicos,controles internos, cultura administrativa. 
Porque,  la gran debilidad española no es únicamente jurídica.
Mas bien parece cultural y arrastrada por nuestro pasado.
Seguimos confundiendo demasiadas veces cercanía con mérito, acceso con capacidad y lealtad personal con profesionalidad institucional.
Y eso termina generando una administración vulnerable a las zonas grises.
Lo más preocupante de un caso así no sería descubrir que existe corrupción. La corrupción , lamentablemente, existe en todas las democracias.
Lo preocupante es descubrir que muchas de las conductas previas se aceptaban como  "normales " .....hasta que investiga la Guardia Civil, la UCO o un juez.
Y una democracia madura debería detectar antes esas anomalías.
Mucho antes de que terminen convertidas en sumarios de miles de páginas. Porque el verdadero prestigio institucional no se mide solo por castigar culpables.
También se mide por impedir que ciertos mecanismos lleguen siquiera a consolidarse.
Y ahí sigue pendiente una reforma mucho más profunda que cualquier sentencia futura.
La degradación institucional no aparece de golpe, sino cuando el sistema normaliza determinadas prácticas y deja de exigir calidad democrática.
El pensamiento político de Montesquieu ya lo definió:
Las instituciones son fuertes cuando las personas aceptan límites , incluso cuando podrían saltárselos.” 

jueves, 30 de abril de 2026

ROAST



Cuando uno enciende la televisión para seguir el directo del Congreso de los Diputados tiene la incómoda sensación de haberse equivocado de canal.
No porque lo que vea sea ficción ,ojalá, sino porque el tono, la gestualidad y la intensidad recuerdan sospechosamente a otro género: el roast.
Solo que sin guion, sin ingenio… y sin inteligencia.
El roast, popularizado por formatos como el Comedy Central Roast, tiene reglas claras. Se invita a una figura conocida, se la somete a una batería de críticas despiadadas y todos aceptan el juego. Hay ironía, precisión y, sobre todo, una premisa básica: el humor.
Incluso Donald Trump pasó por ese ritual antes de que la realidad decidiera competir con la parodia.
En el roast, el ataque es un ejercicio de inteligencia.
Hay ritmo, hay intención y hay conciencia de estar representando un papel.
En el Congreso también hay críticas, interrupciones y teatralidad.
Pero con una diferencia esencial:
Aquí nadie parece entender el género.
Lo que debería ser debate se convierte en ruido.
Donde cabría esperar ironía, hay descalificación burda.
Donde debería haber argumento, hay volumen.
Y lo más inquietante:
Muchos parecen convencidos de que están haciendo política… cuando apenas están haciendo espectáculo.
Un espectáculo mediocre.
Porque la crítica puede ser feroz y brillante a la vez. Puede desmontar, incomodar y hacer pensar.
Pero para eso hace falta algo más que indignación y gesto.
Hace falta talento.
Imaginen por un momento un Congreso que adoptara, al menos, parte de las reglas del roast: intervenciones breves, agudas, con referencias y sentido del humor. Y al final, el aludido respondiendo con inteligencia en lugar de ofensa prefabricada.
Seguiríamos sin estar de acuerdo.
Pero al menos merecería la pena escuchar.
Hoy asistimos a una versión torpe y descafeinada de ese formato.
Un roast sin risa.
Una política sin altura.
Y en ese escenario, el espectador ,cada vez menos paciente, cambia de canal.
No porque no le interese la política.
Sino porque, si va a ver un espectáculo, al menos exige que esté bien escrito.
 









martes, 28 de abril de 2026

HIMNOS



Hace unos días volví a ver Casablanca.
He perdido la cuenta de las innumerables veces que lo he hecho , al igual que con otras películas míticas .
Y de nuevo, al visionar la emblemática escena en que un grupo de personas decide entonar La Marsellesa , como reacción ante los cánticos de un  grupo de soldados alemanes, liderados por el Mayor Strasser ( Conrad Veidt), me provoca una reflexión.
No solo es música.
Es una declaración emocional de dignidad compartida. 
No hay cálculo. No hay estrategia. 
Hay algo más raro: unidad.
Muchos años después, tras los atentados de París, la Asamblea Nacional volvió a cantarla. 
Y, por un momento, pareció que el ruido del mundo se detenía. No por el himno en sí, sino por lo que representaba.
Un nosotros sin matices, sin trincheras.
Nunca he sido de símbolos. 
Las banderas y los himnos tienen una capacidad casi infinita para ser utilizados y, a menudo, manipulados por cualquier espectro político. 
Son herramientas eficaces porque apelan a lo más primario.
Emoción, pertenencia, identidad. Y ahí es donde empieza el problema.
En España,  arrastramos una herencia incómoda. 
La bandera y el himno siguen, para muchos, contaminados por la memoria de una guerra civil y una dictadura.
No es una cuestión solo de razón.
Es una cuestión de piel. Y contra eso, los argumentos sirven de poco.
Quizá lo verdaderamente triste no sea ese pasado , todos los países lo tienen, sino nuestra incapacidad para resignificarlo juntos. 
Para construir algo nuevo que no excluya, que no incomode, que no obligue a elegir bando antes incluso de empezar a conversar.
Porque, en el fondo, no se trata de crear una letra para un himno. Se trata de crear un espacio común donde esa letra pueda ser cantada sin sospecha.
¿Cómo avanzar hacia ahí? Tal vez no con grandes gestos, sino con decisiones incómodas y valientes.
Primero, aceptar que la memoria es plural y en ocasiones no justa.
No imponer una narrativa única, sino reconocer que diferentes sensibilidades conviven , pero siempre en democracia.
La concordia no nace de borrar el pasado, sino de entenderlo sin utilizarlo como arma arrojadiza.
Segundo, despolitizar , en la medida de lo posible, los símbolos institucionales.
Suena utópico, pero implica algo muy concreto.
Que ningún partido se apropie emocionalmente de ellos. 
Que ondear una bandera no diga nada sobre a quién votas.
Tercero, abrir un proceso cultural, no solo político. 
Una posible letra para el himno no debería salir de un despacho, sino de un proceso participativo amplio.
Artistas, historiadores, lingüistas y, sobre todo, ciudadanos. No para buscar unanimidad , eso no existe, sino para construir legitimidad.
Cuarto, educar en ciudadanía antes que en identidad.
Si el orgullo colectivo se basa solo en símbolos, es frágil y fácilmente manipulable. 
Si se basa en valores compartidos , respeto, convivencia, justicia,  entonces los símbolos dejan de ser trincheras y pasan a ser puentes.
Y, por último, asumir que quizá nunca cantaremos todos lo mismo con la misma emoción. 
Pero sí podemos aspirar a algo más realista y más valioso
Que nadie sienta rechazo al hacerlo.
Tal vez el himno llegue después.
 Lo importante es que ya estemos empezando a escucharnos.