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Se acercan las elecciones generales y, con ellas, el espectáculo habitual. Los partidos se preparan, los argumentarios se desempolvan y los platós de televisión se convierten en improvisados campos de batalla. En las redes sociales, entretanto, la moderación parece haberse tomado unas largas vacaciones.
Todo está preparado para la gran cita democrática, aunque sin que tenga claro si asistimos a un debate político o a una competición para comprobar quién es capaz de desacreditar al adversario antes de que termine la frase.
La crispación cotiza al alza. El matiz, sin embargo, no parece tener mercado.
La política ha descubierto que indignar puede resultar más rentable que convencer. Una afirmación contundente, aunque sea discutible, tiene más posibilidades de circular por las redes que una explicación razonada. Y si, además, viene acompañada de un insulto
, ya tenemos contenido para toda la tarde.
Mientras tanto, los problemas continúan ahí fuera, bastante menos entretenidos que sus protagonistas: la vivienda, el empleo, el coste de la vida, la educación, la sanidad y la incertidumbre sobre el futuro
Los programas electorales tienen algo de literatura fantástica. No siempre, por supuesto, pero en ocasiones describen un país que parece encontrarse a una legislatura de distancia de la realidad.
Después llegan las dificultades, los imprevistos, las negociaciones y las circunstancias que no figuraban en el guion. Gobernar es complejo, y sería ingenuo negar que una promesa puede resultar inviable por razones justificadas.
Lo que cuesta más comprender es la facilidad con la que algunas promesas desaparecen sin dejar siquiera una nota explicativa. Parece que el compromiso electoral tuviera fecha de caducidad, mientras que la memoria del votante debiera ser obligatoriamente de corto recorrido.
Pero la oposición tampoco puede limitarse a esperar el desgaste del Gobierno. Denunciar sus errores es parte de su función; explicar qué haría de manera diferente es una obligación política de mayor calado.
Porque señalar el agujero no equivale a saber construir el puente.
Hay un fenómeno que merece una reflexión especial: el crecimiento del apoyo a Vox entre determinados sectores de la juventud española, en sintonía con tendencias observadas en otros países europeos.
La primera tentación consiste en descalificar a quienes votan de esa manera. La segunda, quizá más cómoda, en atribuirlo todo a las redes sociales, a la falta de experiencia o a una supuesta incapacidad para distinguir entre propaganda y realidad.
Ambas explicaciones pueden ahorrarnos una pregunta bastante más incómoda: ¿qué encuentran algunos jóvenes en esos discursos que no encuentran en los partidos tradicionales?
O simplemente ...¿ que se está haciendo mal, para que eso ocurra?
Tal vez haya frustración ante las dificultades para acceder a una vivienda, preocupación por el futuro, rechazo a determinados discursos políticos o cansancio de escuchar promesas que no parecen mejorar su vida cotidiana. Las razones no serán las mismas para todos, ni una tendencia electoral puede explicarse con una única causa.
Pero convendría escuchar antes de dictar sentencia.
Si una parte de la juventud siente que las opciones tradicionales no la representan, no basta con reprocharle su elección. También sería razonable preguntarse qué han hecho esas formaciones para perder su confianza.
La democracia tiene estas ironías: los ciudadanos no siempre votan como esperan los partidos, y los partidos no siempre comprenden por qué los ciudadanos dejan de votarlos.
En distintos países europeos se observa un avance de fuerzas políticas que cuestionan consensos anteriores y conectan con ciudadanos descontentos con sus representantes tradicionales.
Las realidades nacionales son diferentes, y sería un error meterlas todas en el mismo saco. Pero hay una cuestión común que merece atención: cuando amplios sectores de la población consideran que sus preocupaciones no encuentran respuesta, buscan otras alternativas.
Unas veces lo hacen por convicción ideológica; otras, como protesta. Y en ocasiones ambas cosas se mezclan.
No todo voto de protesta carece de contenido, del mismo modo que no todo voto tradicional responde a una reflexión profunda. La papeleta no incluye una casilla donde el ciudadano deba explicar sus motivos.
Lo que sí debería preocupar a cualquier partido democrático es que una parte de la ciudadanía llegue a considerar que cambiar de opciones no sirve para cambiar las cosas.
Y llegamos al elector.
A ese ciudadano que escucha a unos y a otros, contempla las acusaciones cruzadas y trata de averiguar qué parte de cada discurso se corresponde con la realidad.
Puede recordar promesas incumplidas, reconocer aciertos de un Gobierno y errores de la oposición, discrepar de un partido sin compartir necesariamente las ideas de su adversario y sentirse poco representado por todos ellos.
No es una posición cómoda. Tampoco tiene por qué ser una posición indiferente.
Quizá por eso convendría recuperar algo tan sencillo como la responsabilidad de rendir cuentas. Menos descalificaciones y más explicaciones. Menos promesas grandilocuentes y más objetivos verificables. Menos tiempo dedicado a demostrar que el adversario es peor y más esfuerzo por explicar qué se pretende hacer y cómo.
Y, por supuesto, menos desprecio hacia quienes votan de manera diferente. El desacuerdo político no debería convertir al vecino, al compañero de trabajo o al familiar en un enemigo.
Y el ciudadano medio, se pregunta:¿A quién votamos?
No tengo una respuesta, ni pretendo tenerla.
Si una reflexión.
Aunque suene utópico, sobran políticos y faltan estadistas. Que no piensen solo en alcanzar el poder y mantenerlo. Que independientemente de su posible futura reelección una vez finalizado el ciclo, actúen pensando en el país, sin ego político.
Churchill dejó una reflexión sobre la democracia: era el peor sistema de gobierno, con la salvedad de todos los demás que se habían probado. Una frase irónica que conserva su fuerza porque no presenta la democracia como un mecanismo perfecto, sino como un sistema que debemos cuidar, exigir y mejorar.
Por lo tanto, cada elector tendrá que valorar, libremente, las propuestas, los antecedentes, la credibilidad de los compromisos y la capacidad de cada candidatura para responder a los problemas que considera prioritarios.
Pero sí me parece razonable reclamar algo: que no nos pidan únicamente confianza, sino razones para confiar.
La democracia no consiste en elegir una vez cada cierto tiempo y entregar después un cheque en blanco. Tampoco en aceptar como verdad todo lo que confirma nuestras preferencias y como mentira todo lo que las contradice.
Consiste, entre otras cosas, en conservar la capacidad de preguntar, de cambiar de opinión y de exigir responsabilidades.
Tal vez el problema no sea que los ciudadanos dudemos demasiado antes de votar. Tal vez sea que algunos representantes nos ofrecen demasiadas razones para dudar.
Y si, llegado el día, todavía tenemos dudas, no estaría de más recordar que votar no nos obliga a renunciar al pensamiento crítico.
Porque la papeleta se deposita en la urna en unos segundos. La responsabilidad de elegir bien, en cambio, empieza mucho antes y no termina cuando se cierran los colegios electorales.
Y eso lo aprendieron duramente todos aquellos ciudadanos y ciudadanas alemanes que, en su día, permitieron a Hitler alcanzar el poder.
