miércoles, 10 de junio de 2026

DESENCANTO




La retransmisión televisiva de la visita del Papa Leon XIV a España nos ha aportado imágenes que parecen mostrar  un cambio sociológico entre la juventud quizás ya existente que yo, particularmente, desconocía.
Una plaza llena, un líder religioso aclamado, miles de jóvenes cantando al unísono, fervor y entusiasmo.
Una causa que de repente ocupa titulares y conversaciones.

En esos momentos resulta casi imposible escapar a una sensación colectiva: algo está cambiando.
Y quizás sea cierto.
O quizás no.
Porque la historia tiene una curiosa costumbre: someter el entusiasmo a la auditoría del tiempo.
Con la debida y lógica distancia similar a , en su momento, la aparición de un nuevo partido político de izquierdas.
Podemos.
El auge es la fase más agradecida. Todo parece posible. Los seguidores ven futuro. Los detractores minimizan lo que ocurre. Los medios amplifican el fenómeno. Cada cual encuentra en él la confirmación de sus propias expectativas.
Después llega la realidad.
La realidad no suele entrar por la puerta principal. Aparece poco a poco. 
Exige constancia, organización, resultados, coherencia y paciencia. Virtudes bastante menos fotogénicas que el entusiasmo.
Es entonces cuando se descubre si aquello era una corriente profunda o simplemente una ola especialmente alta.
Y finalmente aparece el desencanto. 
Ese viejo conocido.
No porque el fenómeno fuese necesariamente falso, sino porque las expectativas suelen viajar más rápido que los hechos.
La sociedad moderna parece sufrir una extraña impaciencia histórica.
Antes de que un movimiento haya demostrado nada, ya hay quien anuncia su triunfo definitivo.
Y antes de que fracase, ya hay quien redacta su esquela.
Vivimos rodeados de comienzos históricos y finales definitivos que rara vez sobreviven al siguiente ciclo informat
El entusiasmo es un magnífico punto de partida. El problema aparece cuando se le exige actuar como prueba.
No todo auge termina en desencanto. Pero casi todos los desencantos nacen de un auge.
Quizá dentro de unos años descubramos que aquellas imágenes anunciaban una transformación que apenas éramos capaces de percibir.
O quizá comprobemos que fueron simplemente el reflejo de una necesidad colectiva de creer, durante unas horas, unos y otros  que algo estaba cambiando.
La diferencia entre una cosa y otra suele ser sencilla de explicar. Lo complicado es que solo la conoce el tiempo
Sócrates afirmaba que la sabiduría comienza al reconocer lo que uno ignora, y también algo de la curiosidad permanente que caracteriza a quienes seguimos observando el mundo sin darlo por resuelto.
Yo, con los años he acumulado menos certezas de las que esperaba y más preguntas de las que imaginaba. 
No me parece un mal intercambio
Y cada vez que creo haber entendido cómo funciona la realidad, la realidad tiene la desagradable costumbre de introducir una enmienda.
Confieso que, obviamente, no tengo todas las respuestas.
Pero no por ello dejaré de seguir haciéndome preguntas.
Hasta que la función termine.



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